domingo, 10 de abril de 2016

Selección de poemas de Baudelaire

Selección de poemas de Las flores del Mal Charles Baudelaire (poeta francés, 1821-1867).

Correspondencias / De: I. Spleen e Ideal

Naturaleza es templo donde vivos pilares
dejan salir a veces sus confusas palabras;
por allí pasa el hombre entre bosques de símbolos
que lo observan atentos con familiar mirada.

Como muy largos ecos de lejos confundidos
en una tenebrosa y profunda unidad,
vasta como la noche, como la claridad,
perfumes y colores y sones se responden.

Hay perfumes tan frescos como carnes de niños,
dulces como el oboe, verdes como praderas,
y hay otros corrompidos, ricos y triunfantes,

que la expansión poseen de cosas infinitas,
como el almizcle, el ámbar, el benjuí y el incienso,
que cantan los transportes del alma y los sentidos.

Spleen (II) / De: I. Spleen e Ideal

Yo tengo más recuerdos que si hubiera mil años.
Un mueble con cajones repletos de balances,
versos, tiernos mensajes, procesos y romanzas,
con pesados cabellos envueltos en recibos,
menos secretos guarda que mi triste cerebro.
Es toda una pirámide, un inmenso sepulcro,
que contiene más muertos que la fosa común.
-Yo soy un cementerio odiado por la luna,
donde grandes gusanos, como remordimientos,
reptan y se encarnizan con mis muertos queridos.
Yo soy un viejo mueble, lleno de ajadas rosas,
donde yace un montón de envejecidas modas,
donde tristes pinturas y pálidos Boucher
respiran el perfume de un frasco destapado.
Nada pasa tan lento como los cojos días,
cuando, bajo los copos de los años nevosos,
el tedio, fruto pálido del desinterés,
toma las proporciones de la inmortalidad.
- No eres más, desde ahora, ¡oh materia viviente!
que una roca rodeada por un espanto vago,
adormecida al fondo de un Sahara brumoso.
Vieja esfinge ignorada por el mundo tranquilo
olvidada en el mapa, y cuyo humor huraño
solo canta a los rayos de los soles ponientes.


Perfume exótico / De: I. Spleen e Ideal

Con los ojos cerrados, en la noche otoñal,
respirando el aroma de tu cálido pecho,
sucederse yo veo las riberas felices
que un monótono sol deslumbra con sus fuegos;

da la naturaleza en la isla perezosa
árboles singulares y frutos sazonados;
los hombres tienen cuerpos delgados, vigorosos,
y las mujeres ojos que en su franqueza asombran.

Guiado por tu aroma hacia encantados climas,
veo tu puerto repleto de velas y de mástiles,
fatigados aún por las olas del mar,

en tanto que el perfume de verdes tamarindos,
circulando en el aire distiende mi narina,
y en mi alma se confunde con cantos marinos.


Una carroña / De: I. Spleen e Ideal

Recuerda aquel objeto que vimos, alma mía,
         en suave mañana estival:
al borde de un sendero, una carroña infame
         en lecho sembrado de piedras,

con las piernas al aire, como una mujer lúbrica,
          ardiendo y sudando venenos,
abría de manera despreocupada y cínica
          su vientre de exhalaciones pleno.

El sol resplandecía sobre esa podredumbre,
          como para cocerla a punto,
y devolver por céntuplo a la Naturaleza
          cuando ella había puesto junto.

Y el cielo contemplaba la soberbia osamenta
          que se abría como una flor.
Tan fuerte era el hedor que allí sobre la hierba
          tú creíste desvanecer.

Las moscas bordoneaban sobre ese vientre pútrido,
           y salían negros ejércitos
de larvas que corrían como un espeso líquido
           por esos vivientes jirones.

Todo aquello bajaba y subía en una ola,
          se abalanzaba crepitando;
dijérase que el cuerpo, lleno de un soplo vago,
          vivía multiplicándose.

Y ese mundo emitía una música extraña,
          de viento o de agua al correr,
de grano que un labriego con movimiento rítmico,
          agita y vuelve en su tamiz.

Las formas se borraban y no eran más que un sueño,
          un esbozo lento en llegar
a la tela olvidada, y que el artista acaba
          solamente por el recuerdo.

Por detrás de las rocas, una perra intranquila
          nos miraba con ojo airado,
espiando el momento de arrancar del cadáver
          el trozo que había lamido.

-Sin embargo serás como ese desperdicio,
          como esa horrible infección,
estrella de mis ojos y sol de mi universo,
          ¡tú, ángel mío, mi pasión!

¡Sí! así serás tú, oh reina de las gracias,
          después del postrer sacramento,
cuando vayas, bajo hierba y florescencias fértiles,
         a enmohecerte entre los huesos.

Entonces, mi belleza, a los gusanos dile
        que te devorarán a besos,
¡que he guardado la forma y la esencia divina
       de mis amores descompuesto!



El cisne (I) / De: II. Cuadros parisinos

Andrómaca, en ti pienso! -Ese pequeño río,
espejo triste y pobre donde antes reflejara
la majestad inmensa de tu dolor de viuda,
mentiroso Simois que por tus llantos crece,

de pronto ha fecundado mi memoria tan fértil,
cuando iba caminando por el Carrusel nuevo.
-El viejo París no es más (de una ciudad la forma
cambia más velozmente que un corazón mortal);

solo veo en mi espíritu el campo de barracas,
montón de chapiteles esbozados de fustes,
hierbas y gruesos bloques verdosos por las aguas,
y vidrieras brillantes de un confuso almacén.

Antes allí existía una casa de fieras;
allí vi una mañana, cuando bajo los cielos
que son claros y fríos, el Trabajo despierta
y empuja el muladar silencioso huracán,

un cisne que se había evadido de su jaula,
y, con sus pies palmados frotando el empedrado,
sobre el áspero suelo su plumaje arrastraba.
Y próximo al arroyo, ya seco, abriendo el pico,

agitado bañaba sus alas en el polvo,
diciendo, lleno el pecho de su lago natal:
"¿Cuándo lloverás, agua? ¿Cuándo tronarás, rayo?
Yo veo al desgraciado, mito extraño y fatal,

alguna vez al cielo, como el hombre de Ovidio,
al irónico cielo, y cruelmente azul,
sobre el cuello convulso, tendiendo su cabeza,
¡como si dirigiera sus reproches a Dios!



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