Selección
de poemas de Las flores del Mal Charles
Baudelaire (poeta francés, 1821-1867).
Correspondencias / De: I. Spleen
e Ideal
Naturaleza
es templo donde vivos pilares
dejan
salir a veces sus confusas palabras;
por
allí pasa el hombre entre bosques de símbolos
que
lo observan atentos con familiar mirada.
Como
muy largos ecos de lejos confundidos
en
una tenebrosa y profunda unidad,
vasta
como la noche, como la claridad,
perfumes
y colores y sones se responden.
Hay
perfumes tan frescos como carnes de niños,
dulces
como el oboe, verdes como praderas,
y
hay otros corrompidos, ricos y triunfantes,
que
la expansión poseen de cosas infinitas,
como
el almizcle, el ámbar, el benjuí y el incienso,
que
cantan los transportes del alma y los sentidos.
Spleen (II) / De: I.
Spleen e Ideal
Yo tengo más recuerdos que si hubiera mil años.
Un
mueble con cajones repletos de balances,
versos,
tiernos mensajes, procesos y romanzas,
con
pesados cabellos envueltos en recibos,
menos
secretos guarda que mi triste cerebro.
Es
toda una pirámide, un inmenso sepulcro,
que
contiene más muertos que la fosa común.
-Yo
soy un cementerio odiado por la luna,
donde
grandes gusanos, como remordimientos,
reptan
y se encarnizan con mis muertos queridos.
Yo
soy un viejo mueble, lleno de ajadas rosas,
donde
yace un montón de envejecidas modas,
donde
tristes pinturas y pálidos Boucher
respiran
el perfume de un frasco destapado.
Nada
pasa tan lento como los cojos días,
cuando,
bajo los copos de los años nevosos,
el
tedio, fruto pálido del desinterés,
toma
las proporciones de la inmortalidad.
-
No eres más, desde ahora, ¡oh materia viviente!
que
una roca rodeada por un espanto vago,
adormecida
al fondo de un Sahara brumoso.
Vieja
esfinge ignorada por el mundo tranquilo
olvidada
en el mapa, y cuyo humor huraño
solo
canta a los rayos de los soles ponientes.
Perfume
exótico / De: I. Spleen e Ideal
Con
los ojos cerrados, en la noche otoñal,
respirando
el aroma de tu cálido pecho,
sucederse
yo veo las riberas felices
que
un monótono sol deslumbra con sus fuegos;
da
la naturaleza en la isla perezosa
árboles
singulares y frutos sazonados;
los
hombres tienen cuerpos delgados, vigorosos,
y
las mujeres ojos que en su franqueza asombran.
Guiado
por tu aroma hacia encantados climas,
veo
tu puerto repleto de velas y de mástiles,
fatigados
aún por las olas del mar,
en
tanto que el perfume de verdes tamarindos,
circulando
en el aire distiende mi narina,
y
en mi alma se confunde con cantos marinos.
Una
carroña / De: I. Spleen e Ideal
Recuerda
aquel objeto que vimos, alma mía,
en suave mañana estival:
al
borde de un sendero, una carroña infame
en lecho sembrado de piedras,
con
las piernas al aire, como una mujer lúbrica,
ardiendo y sudando venenos,
abría
de manera despreocupada y cínica
su vientre de exhalaciones pleno.
El
sol resplandecía sobre esa podredumbre,
como para cocerla a punto,
y
devolver por céntuplo a la Naturaleza
cuando ella había puesto junto.
Y
el cielo contemplaba la soberbia osamenta
que se abría como una flor.
Tan
fuerte era el hedor que allí sobre la hierba
tú creíste desvanecer.
Las
moscas bordoneaban sobre ese vientre pútrido,
y salían negros ejércitos
de
larvas que corrían como un espeso líquido
por esos vivientes jirones.
Todo
aquello bajaba y subía en una ola,
se abalanzaba crepitando;
dijérase
que el cuerpo, lleno de un soplo vago,
vivía multiplicándose.
Y
ese mundo emitía una música extraña,
de viento o de agua al correr,
de
grano que un labriego con movimiento rítmico,
agita y vuelve en su tamiz.
Las
formas se borraban y no eran más que un sueño,
un esbozo lento en llegar
a
la tela olvidada, y que el artista acaba
solamente por el recuerdo.
Por
detrás de las rocas, una perra intranquila
nos miraba con ojo airado,
espiando
el momento de arrancar del cadáver
el trozo que había lamido.
-Sin
embargo serás como ese desperdicio,
como esa horrible infección,
estrella
de mis ojos y sol de mi universo,
¡tú, ángel mío, mi pasión!
¡Sí!
así serás tú, oh reina de las gracias,
después del postrer sacramento,
cuando
vayas, bajo hierba y florescencias fértiles,
a enmohecerte entre los huesos.
Entonces,
mi belleza, a los gusanos dile
que te devorarán a besos,
¡que
he guardado la forma y la esencia divina
de mis amores descompuesto!
El
cisne (I)
/ De: II. Cuadros parisinos
Andrómaca,
en ti pienso! -Ese pequeño río,
espejo
triste y pobre donde antes reflejara
la
majestad inmensa de tu dolor de viuda,
mentiroso
Simois que por tus llantos crece,
de
pronto ha fecundado mi memoria tan fértil,
cuando
iba caminando por el Carrusel nuevo.
-El
viejo París no es más (de una ciudad la forma
cambia
más velozmente que un corazón mortal);
solo
veo en mi espíritu el campo de barracas,
montón
de chapiteles esbozados de fustes,
hierbas
y gruesos bloques verdosos por las aguas,
y
vidrieras brillantes de un confuso almacén.
Antes
allí existía una casa de fieras;
allí
vi una mañana, cuando bajo los cielos
que
son claros y fríos, el Trabajo despierta
y empuja
el muladar silencioso huracán,
un
cisne que se había evadido de su jaula,
y,
con sus pies palmados frotando el empedrado,
sobre
el áspero suelo su plumaje arrastraba.
Y próximo
al arroyo, ya seco, abriendo el pico,
agitado
bañaba sus alas en el polvo,
diciendo,
lleno el pecho de su lago natal:
"¿Cuándo
lloverás, agua? ¿Cuándo tronarás, rayo?
Yo
veo al desgraciado, mito extraño y fatal,
alguna
vez al cielo, como el hombre de Ovidio,
al
irónico cielo, y cruelmente azul,
sobre
el cuello convulso, tendiendo su cabeza,
¡como
si dirigiera sus reproches a Dios!
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